Me despierto, por supuesto. Tengo la sensación de que todo está húmedo o llueve o siento como si mi espalda fuera de manteca, recostado en la cama, bajo las sábanas. Ana yace a mi lado. Tiene los ojos abiertos y me mira. Es hermosa. No sonríe, no se mueve. Tiene los ojos grandes y me mira. Yo no quiero moverme, quiero quedarme así hasta que algo pase. Siento que canta un hornero por allá lejos, atrás mío y a la izquierda. Miro el techo.
Y recuerdo.
Recuerdo un sueño. Ana iba recorriendo toda la casa como flotando. Se desplazaba sin tocar el piso, sin rozarlo con los pies descalzos. Recorría la casa con la suavidad con que despierta, trabaja en sus artesanías o discute. Yo estaba en la cocina, preparando algo, creo que el desayuno. Y Ana recorría la casa. Cuanto más me ensimismaba yo en hacer el desayuno, más la veía dar vueltas por el comedor, el dormitorio, el baño y el living. No sonríe, apenas viaja. Hasta que en un momento siento el perfume del café y entonces una mano me toca el hombro. Era Ana.
Pero no.
Ana no es. Es mi padre. Él sí sonríe. Me sorprende tan fuerte, tan de frente y tan grande, que me pongo a llorar ahí mismo, quebrado de amor. Lo abrazo, me abraza y siento su aroma eterno a caldo de puchero, a invierno y comida casera, siento el contacto de la harina apenas rozándome la mejilla y me despierto, por supuesto. Ana yace a mi lado. Dormida. Hecha un bollo y con uno de los pies fuera de las sábanas. Me enderezo y me siento en la cama, contra la cabecera. Y prendo un cigarro. Y miro para afuera. Son las seis de la tarde. Para esto faltamos a trabajar. Para quedarnos todo el día en la cama. No sé si hicimos bien. Pito varias veces, exhalo varias otras. Y cuando noto que el cigarro no tiene gusto a nada, me doy cuenta de que es un sueño. Y me despierto, por supuesto.
Es domingo.
domingo, 24 de abril de 2016
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