Los pies pequeños de los niños empiezan a correr como agua hirviendo sobre mermelada de frutillas.
Niños.
Cuchillas. Vino en caja. Un hospital. Una masacre. Las manitos regordetas
empuñan con una curiosísima seguridad los mangos de las cuchillas y
cortan, tajean y saquean el cuerpo del otro con un hambre fabulosa.
Sangre, hemorragias, trapos, cadáveres, corridas por todo el hospital.
Pies descalzos. Se ríen, gritan de dolor. Lloran estos niños. Y gritan.
Las heridas son permanentes, no revierten ni redimen ni resuelven ni
retroceden. Las heridas provocan un dolor hipnótico, salobre y
permanente, un dolor tan ansioso y vertebral que no deja descansar un
minuto. Son miles de señales intensivas de que la espalda se abrió para siempre, se está muriendo
abierta al aire, desparramando toda su sangre y contenidos,
constantemente, en un mundo famélico que se tranca para siempre en un
calambre de alta tensión.
Vino en caja. El olor dulzón
embebido en los rostros de los niños, en el pelo, las manos, las
barrigas, los hombros, las piernitas. Las sábanas, las camillas, los
mostradores, enfermería, jeringas, urgencias, pediatría, hemoterapia,
cajas, rayos X, nuevos socios, informes, medicamentos, tisanería... El aroma moscatel
violáceo. La fruta recontra podrida, pisada y envasada bailando en los
azúcares desparramados. La orgía, el festín desmesurado, las cajas de
vino abiertas como tetas calientes que supuran la densidad del jugo de
uvas babeando caramelo en las bocas, por las gargantas, inflamando las
venas con el alcohol invisible, pariendo unas alegrías anestésicas
que toman el cuerpo y lo desenvuelven de la manta del lunes o martes o
viernes o viernes o martes o miércoles o bartes o diérboles obábado...
La mermelada de frutillas empieza a correr como agua hirviendo bajo los pies pequeños de los niños. Una masacre.
lunes, 2 de junio de 2014
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